26/09/2014 (día 11): Dejamos Yogyakarta y volvemos a la Isla de los Dioses dónde conocemos Ubud y sus monos
A las 5.30h nos levantamos con una pereza brutal, bajamos a tomar el desayuno que tenemos incluido y volvemos a la habitación a recoger nuestro equipaje. Hoy dejamos Java y volvemos a la isla de los dioses. Allí nos espera un hotel muy chulo en Ubud dónde cargar pilas y conoceremos a sus monos 🙂
Hacemos el check-out y desde la misma recepción nos piden un taxi para ir al aeropuerto. Es muy temprano y no tenemos ganas de regateos ya, así que le pedimos que ponga el taxímetro y ¡let’s go! Ayer le preguntamos a Kioto cuánto nos podría costar un taxi oficial del hotel al aeropuerto y nos dijo que unas 20.000 o 30.000 rupias. En unos 20 minutos llegamos y el taxista nos dice que debemos pagar 2.000 rupias de peaje para entrar con el coche al aeropuerto. Nos deja en la terminal de vuelos nacionales y pagamos el precio que marca el taxímetro (20.000 rupias)
Teóricamente nuestro vuelo sale a las 8,05h pero ya sale en las pantallas que va con retraso. Será nuestro primer vuelo con la compañía indonesia Garuda Airlines. Es la única compañía indonesia certificada para volar según la normativa UE y hasta final de 2014, la única que incluía las tasas aéreas en su billete. Lo bueno de esta compañía es que acepta pago con tarjetas europeas a través de su web, así que al igual que con Kalstar, puedes evitar tener que comprar mediante intermediarios.
Facturamos las maletas y nos quedamos con las mochilas. Pasamos a la zona de embarque tras pasar otro control de seguridad super light de esos suyos…
Decidimos comer algo más, ya que apenas lo hicimos antes, el bufet del desayuno no mataba… la mayoría de cosas eran sopas y picantes. Nos tomamos un café con leche y unas tostadas (25.000 rupias los dos). La cafetería tiene una gran cristalera que da a la pista dónde cargan y descargan los aviones. Alucinamos un montón cuando vemos que un avión que acaba de aterrizar se aposenta justo delante nuestro y podemos disfrutar de todo el proceso de descarga y carga de pasajeros y equipaje, así como de todas las comprobaciones y pasos que siguen hasta que el avión vuelve a pista para despegar. ¡Mola! Os dejo un vídeo que grabamos.
Estamos en la terminal de vuelos domésticos pero aún así me sorprende que solo haya cinco puertas de embarque para el tamaño que tiene la ciudad… Nuestro vuelo se retrasa 1h. Ya habíamos leído que la puntualidad brilla por su ausencia en Indonesia, pero con el madrugón que nos hemos pegado, este rato de más se nos hace eterno.

Al fin, nuestro vuelo sale anunciado en una puerta de embarque. Hacemos cola y allí flipamos de nuevo al ver «el equipaje de mano» de algunos. Y lo pongo entre comillas porqué muchos llevan mochilas enormes y otros tantos, 3-4 piezas grandotas cada uno… Tras enseñar nuestro billete y pasaporte a la chica de la puerta, salimos a la pista dónde a pie te diriges hasta tu avión. Suerte que te señalan cuál es, si no sería fácil irte a otro lado 😛
La verdad es que este avión es realmente cómodo y cuenta hasta con pantalla multimedia, lo cuál nos sorprende bastante teniendo en cuenta que se trata de una low cost.

Nos entretenemos con la pantalla jugando un poco y leyendo su revista dónde vemos que a partir de final de 2014 inauguran vuelos a Londres. Veo en las pantallas que sobrevolamos la zona volcánica del este de Java y al mirar por la ventanilla me encuentro con la caldera del Bromo Tengger Semeru y el Kawah Ijen…

Puede parecer una tontería pero me gusta un montón despedirme de Java con esta imagen… me acuerdo de las dos jornadas tan intensas que vivimos para ver los volcanes y lo gratificantes que fueron. Seguimos con el vuelo. Quedan pocos minutos para llegar a Bali y vemos el estrecho que hay entre ambas islas. Volamos sobre la zona de Ketapang y comenzamos a apreciar la costa balinesa entre las brumas nubes.

Tras dos horas de vuelo, llegamos de nuevo a Bali. Ponemos el reloj en hora ya que aquí hay 1h más que en Java. El Ngurah Rai Internasional Airport lo conocemos del día de llegada al país, así que nos orientamos mejor. Vamos a la zona de recogida de equipajes y llegan nuestras maletas sanas y salvas. De verdad que esta parte es la que más me estresa de un viaje…
Vamos a la zona de taxis para coger uno hasta Ubud. Aquí nos tocan un poco lo que no suena porque en el cartel informativo que tienen en el stand de los taxis oficiales pone que son 250.000 IDR hasta Ubud y a nosotros nos piden 300.000 diciendo que es por las maletas… a ver, digo yo… si estás en un aeropuerto lo lógico es que la gente vaya con maleta ¿no? ¿porqué no ponen los precios reales y punto? ¡Uff! Como no nos queda más remedio, aceptamos el precio y nos vamos con el taxista que nos asignan. El hombre es majo y chapurrea algo de inglés. Nos explica un poco por dónde vamos y nos dice que tardaremos menos de una hora y media en llegar.
De nuevo debo decir qué horror el modo de conducir de los indonesios… de verdad que te pasas el viaje con los webs por corbata 😀 Es terrible el tráfico que tienen y el estado de las carreteras, y ese modo kamikaze de conducir. Un viaje que aquí harías en media hora allí te cuesta el triple. Intentamos echar una cabezada y a eso de las 13h, llegamos al hotel. Le pagamos al señor lo pactado y entramos en el hall.
Para nuestra estancia de 3 noches en Ubud, escogimos el hotel Alaya Resort Ubud. Una chulada de hotel, de verdad. Cuando hicimos la reserva, vimos que los precios del alojamiento en Ubud respecto al resto de la isla eran algo superiores. Este hotel no es de los baratos, pero pensamos que después de varios días de no parar, estaría bien un poco de relax a la mitad del viaje para no acabar ko. Además, cuenta con una puntuación de 9,8 en varias páginas, así que nos decidimos por disfrutar de nuestra estancia en él. Ya os avanzo que fue todo un acierto.
Hacemos el check-in y nos enseñan nuestra habitación. ¡Alucinamos en colores, es preciosa y enorme, con una cama súper big size! Ésto es lo que necesitamos después de tantos días durmiendo en sitios de lo más variopintos 😛 La cama es literalmente enorme y súper cómoda. La habitación muy amplia y muy luminosa. Tiene una ducha zen que nos encanta. Y además disponemos de frutas típicas del país que nos renovaran cada día.

El botones nos explica los horarios del desayuno, del restaurante y de la piscina, cómo funciona la TV y las claves para usar el Wifi. Cuando nos quedamos solos echamos un vistazo a la terraza de la habitación y vemos que hay un campo de arroz justo delante nuestro ¡qué paz y qué maravilla de sitio!

Nos cambiamos de ropa y nos ponemos más frescos. Aquí hace bastante más calor que en Java. Nos embadurnamos de protector solar y de repelente de mosquitos a consciencia ya que Ubud es zona de riesgo de dengue y malaria. Y salimos a descubrir la zona y a comer algo. A pocos metros del hotel hay una bifurcación que da a tres calles, todas ellas repletas de tiendas, restaurantes y templos. Nos decidimos por una de ellas al azar.


Seguimos caminando con cierta dificultad ya que las aceras están muy atrotinadas y constantemente te van parando «los excuse me«… Lo bueno que tiene Indonesia, es que los restaurantes tienen la carta en inglés con los precios en la puerta. Así que antes de entrar al local ya te puedes hacer a la idea de lo que vas a comer y de lo que te vas a gastar.
Lo malo, es que en prácticamente todos los restaurantes tienen el mismo menú… lo que dificulta poder variar la dieta. Al fin, localizamos un warung que nos entra por el ojo y entramos. El sitio está más que decente, cuenta con wifi gratis y está adosado a una casa tradicional balinesa. Desde la mesa podemos ver su jardín.

Nos comemos una pizza y un plato de pasta con unos refrescos (90.000 rupias). Y ya con la tripa llena, volvemos a la calle con el objetivo de visitar un lugar muy conocido en Ubud, el Monkey Forest. Sabemos que vamos por el buen camino porqué empezamos a ver estas esculturas a lo largo de la calle y algún que otro mono.

Ubicado en el corazón de Ubdu, el Monkey Forest es una reserva natural de más de 27 hectáreas de extensión en la que se encuentran varios templos. Es especialmente conocida gracias al grupo de monos que habitan aquí. Compramos las entradas (20.000 rupias pp) y entramos.
Junto a la entrada, vemos unas indicaciones que nosotros ya habíamos leído por internet, así que ya vamos preparados. Recomiendan no llevar nada brillante, quitarte gorras o sombreros y no llevar nada que llame la atención de los monos ya que son un poco cabroncetes y unos cleptómanos. Te robarán sin ninguna piedad si ven algo que les guste. Aunque venden comida para darles, no se recomienda hacerlo. Son animales salvajes y pueden ser agresivos si hay comida de por medio.
Hoy vamos casi con lo puesto. Dejamos mochilas y bolsos en el hotel, solo llevamos las gorras que guardamos en los bolsillos y la cámara pequeña.

El lugar es muy bonito. Se respira paz y hay sombras, ¡cosa que se agradece! Pero no puedes evitar mirar a todos lados no sea que te venga algún macaco por la espalda 😛 El Bosque de los Monos contiene una densa y variada vegetación compuesta por más de 100 especies diferentes de árboles. En el bosque se encuentran varios templos y un cementerio que son vigilados por los monos que viven en la reserva.



Empezamos a encontrarnos macacos mientras recorremos el parque. En la taquilla nos dieron un mapa del lugar y vemos que hay tres o cuatro de templos, un lago y un cementerio. Primero nos dirigimos hacia el lago bajo la atenta mirada de los monos.

Más que un lago, es una fuente que recoge agua del riachuelo que pasa por debajo y dónde la gente echa monedas para pedir suerte.


De ahí nos vamos a uno de los templos del parque. Dedicado a varios dioses, es el lugar dónde más monos se concentran y dónde más vendedores de comida hay. También encontramos gente que se ofrece para hacerte una foto con los monos haciendo que se te suban a los hombros o la cabeza. Aquí la cosa es hacer negocio como sea…



Presenciamos una pelea entre varios machos y realmente dan miedito cuando están enfadados. ¡Vaya dientes enseñan y cómo gruñen! Por suerte, otros tienen cara de ser más buenos…

Tras un buen rato en esta zona, seguimos caminando hacia el siguiente templo que está cerca de la salida.


Sobre las 17h y a punto de cerrar, decidimos dar por finalizada la visita al lugar. De vuelta al hotel nos encontramos con toda una calle repleta de tiendas. Echamos un vistazo y compro un sarong la mar de chulo tras un buen rato de regate (200.000 rupias). Estoy segura que podría haberlo sacado por menos, pero tras 5 minutos de estira y afloja ya no tenía ganas de estirar más… En España me hubiera costado bastante más y realmente me gustaba mucho, así que sin problema.
Echamos el ojo a algunos sitios que nos pueden interesar para la cena y localizamos una lavandería. Esto si que nos interesa mucho porqué estamos casi en el ecuador del viaje y necesitamos lavar la ropa usada. Apenas nos queda limpia ropa limpia. Ya sabéis que siempre que hacemos grandes viajes, llevamos ropa para una semana o 10 días y lavamos en destino. Es algo que nos permite llevar menos equipaje, ir menos cargados y tener más espacio para traer souvenirs a la vuelta.
Vamos al hotel a por la ropa sucia y volvemos a la lavandería que está a 2 minutos a pie. Nos da las tarifas que nos parecen más que buenas y nos dice que mañana por la tarde ya podremos recogerla, limpia, seca y planchada. Y ahora que ya tenemos este tema solucionado, ¡vamos a disfrutar de la fabulosa piscina que tiene el hotel!


Dejamos las cosas en la tumbona y nos echamos al agua que está templadita. Estamos solos en la piscina, así que disfrutamos a nuestras anchas de ella. Junto a la piscina hay un bar y decidimos rematar la tarde tomando unos mocktail de frutas riquísimos (170.000 rupias los dos). ¡Esto es vida!
Conforme va cayendo el atardecer vamos escuchando a todo tipo de bichos… y empiezan a acudir mosquitos a tope. Ha llegado la hora de volver a la habitación. Nos damos una buena ducha y salimos a cenar. Vamos a la misma calle dónde comimos hoy y nos decidimos por otro warung. Cenamos dos mie goreng con unas Bintang (cerveza indonesia) (180.000 rupias). Está muy bueno pero de nuevo, demasiado picante para nuestro gusto.

Después de cenar, regresamos al hotel. Hablamos un poquito con los nuestros y a dormir en esa fabulosa cama de 2 metros. Mañana empezaremos a descubrir los rincones que esconde Bali.
